miércoles, 14 de septiembre de 2016

Karma


A él le gustaba oler mi cuello, podía perder la cordura, inhalando, besando, mordiendo.





Me hacía el amor con tanta pasión que le cambiaría el nombre a nuestro acto: nosotros chocábamos las almas. Era tan brutal, pasional y extraordinario coger con él, que entiendo su afán por mi cuello; corría el río lleno de hormonas a causa suya emanadas y de ahí podía seguir el sendero que le marcaba mi naturaleza encendida.

Quería casarse conmigo; y no porque me amara, sino porque en mí tenía el universo. Cogíamos hasta temblar, hasta quedar sin aliento, hasta sudar extenuados.
Mi piel era su templo, su dureza, mi perdición.

Éramos polos opuestos, él veía blanco en tanto yo percibía negro y viceversa. Nuestras costumbres e ideologías ni siquiera encontraban convergente… Pero el sexo: era nuestro reino.

Yo lo amé como se aman las cosas imperfectas: sus defectos aunque irritables, me eran adorables. Aprendí a quererlo errático y cíclico. Nada era continuo.
Él no me amó nunca, bien lo sabía yo, mas me empeciné en quedarme ahí donde mi corazón sufría. ¡Qué masoquista yo, que incorrecto él!

Sin embargo, no cometió falta, pues, me di entera incondicionalmente, mientras que de él no recibí nunca nada: sentada en la banca esperando me llamara al juego.

Me consumió la pesadumbre. Las heridas cada día dolían más y las anteriores no sanaban. Sus métodos paliativos dejaron de surtir efecto y murió todo por dentro.
Le dio el soplo de gracia a la flama que brillaba con su nombre. Me apagó de sopetón. Ya no prendía, el combustible se acabó.

El hueco que deja el amor cuando se agota es homicida.
Esperé mucho tiempo una palabra dulce, sincera, de corazón. Flores y chocolates que nunca recibí. Cumpleaños y aniversarios ignorados, tirados al olvido. Domingos solitarios y la burla de una familia mocha. La soledad de una tarde calurosa y de las lluviosas también. Me volví a sus ojos menos que un partido mediocre de futbol. Las mentiras, mi pan de cada día, alimento de aire al amor invisible.

Me voy sin prisa ni consuelo, me voy llorando y sonriendo. Viene lo bueno; ya pagué mis delitos.