Su piel ya no era la misma, se había
vuelto tan delgada como papel albanene, su color rozagante y textura tersa que
solía tener ni si quiera habían dejado rastro.
Aquel cabello reluciente color roble que crecía
atemporal también había cambiado. Los ojos brillantes y grandes de antes, ahora
parecían más pequeños y nublados. Las cejas no tenían ya el mismo arco brioso
con aspecto de villana del cuento, su mentón delicadamente marcado ya no tenía
la misma definición.

Sus manos eran un manojo de arrugas que contaban la historia
de todas las caricias que con el alma le había entregado tantos años a su amado
Antonio. Su hermoso cuerpo se había vuelto una envoltura arrugada alrededor de
los huesos con algunos recuerdos de turgencia, las piernas no estaban ya
torneadas como lo solían estar y sus caderas habían perdido la carnosidad que
tanta lujuria despertaban.
La imagen en el espejo de la mujer de cabellos grises que
bailaban acompasados a causa de la brisa del mar que se colaba por la ventana,
le hizo derramar una eterna lágrima que corrió por todo su anciano cuerpo
desnudo. Se meció entonces en un abrazo de recuerdos, donde la imagen
predominante era el rostro de su amado Antonio a través del tiempo.
Antonio nunca fue lo que ella esperaba que la vida le diera
por amante: nunca tuvo el físico que tanto soñó de adolescente, ni la altura,
ni los gustos, ni la ideología...
Pero él era el adecuado para ella;
lo supo desde el primer beso, lo confirmó desde la primera vez que hicieron el
amor. Se supo en casa al estar entre sus brazos.
Navegaron en sus apasionadas personalidades opuestas pero
tan complementarias que había veces que no se soportaban, pero era tan fuerte
el amor entre esas dos almas escogidas al azar para estar juntas que se movían
cual imán al hierro. Podían estar separados, lo habían hecho muchas veces, pero
al final necesitaban la cercanía de ese ser que les despertaba todo, que
erizaba todo y les revolcaba en el cielo repleto de estrellas fugaces.
La pasión fue el factor predominante siempre. Antonio
recorría el cuerpo de Valeria como si él mismo lo hubiese moldeado, sus manos
quedaban perfectas en cada rincón que tocaba y Valeria conocía como hacer que
la magia de Antonio emergiera hermosa y sin reservas.
Sus miradas, sus caricias, sus
besos, sus sudores, sus gemidos, sus placeres: eran absolutamente uno del otro.
Pero así como se pertenecían, se negaban a esa fuerza
magnética. Era tan fuerte que espantaba, un día Valeria huía y al otro Antonio. Hasta que llegó el día en
que irremediablemente se dejaron llevar, dejaron que el destino les trazara los
pasos, entonces Valeria le dio su vida al dueño de su corazón y Antonio le dio
su corazón sin miramientos a la dueña de su vida. Se amaron sin prejuicios, sin
sus barreras mentales, sin orgullo, sin ego, sin control, sin pelear contra sí
mismos.
Ella acepto en Antonio al ser frío y distante, egoísta y
misterioso. Y él acepto en Valeria a la loca soñadora y distraída, celosa y
alocada. Fue en ese instante que encontraron su centro, él sería él amándola y
ella sería ella amándolo. El amor les unía tanto como les separaba.
Se amaron durante años en esa casa en la playa, dormían
juntos, dormían separados, seguían peleando, seguían amándose tanto como
físicamente les era posible, se disfrutaban hasta el más ínfimo detalle,
conocían más al otro que a ellos mismos, se besaban y miraban como la primera
vez, se reconciliaban con la mejor sesión de amor y cada una superaba a la
anterior. Volaban flamas, chispas y zapatos. Y esos dos engranes seguían
girando.
Hasta que un mal día, la máquina dejó de girar. Un engrane
insospechadamente se detuvo. La máquina se rompió...
Antonio murió.
El corazón de Valeria seguía bombeando sangre, sus órganos
seguían haciendo su trabajo, sus ojos seguían abiertos aunque sólo miraban al
vacío. Ella ya no estaba más ahí, hasta esa mañana fría en la que se miró al
espejo para recordar el ardor que provocaba Antonio en su piel, para recordar
el arrítmico latir de su corazón al escuchar la voz de Antonio, para recordar
el lunar sexy en la cara de Antonio que le hacía humedecer hasta el alma, para
recordar las mareas que le provocaba ese hombre.
Valeria cerró la ventana de su habitación, se puso el
camisón, fue a la cocina a preparar el desayuno sin sartén ni huevo que freír.
Se cercioró de sellar ventanas y puertas como en espera de un huracán.
Valeria murió: la encontraron días
después.
Hoy se puede leer en el mausoleo de
ambos: "Donde el amor ardió, donde la magia se hizo real y el amor
confirmó su existencia."