Tripofobia
El sol se
filtraba entre las hojas de los árboles. Ese calor de primavera que humedece la
piel se dejaba sentir en todos los cuerpos.
Era una mañana
de sábado convirtiéndose sonriente en medio día; el viento
apenas soplaba refrescando poco la respiración.
Cinco amigos
sentados en una mesa de piedra, mirándose a los ojos y descubriendo sus almas a
cada bocanada de magia. Las risas, las palabras, las visiones, los canales, los
sonidos; cada quién en su mundo, pero compartiendo caminos. Pronto y como siempre
sucedía, terminaron riendo a carcajadas incontenibles y sobre todo inexplicables.
Las risas.
Siempre las risas acompañadas de los ojos entrecerrados y la sensación del
cuerpo ligero pero pesado al mismo tiempo, la boca casi seca y las extrañas
ganas de comer o beber lo que sea. Esa sensación que crece: tener los sentidos como florecidos y saborear el doble, escuchar el triple, percibir potencialmente todo y entender la mitad de nada. Olvidar lo que se estaba por contar, perder el hilo de la conversación, no sin antes atarse a otra con risas y más risas de por medio. Verse la nariz y sentir el cuerpo torcido.
Pero también hay espacio para la paz. Un breve momento aislado del mundo, donde la tranquilidad toma un sabor amorfo.
El mundo se olvida por un momento y queda ese instante dónde basta una mesa de piedra y a su alrededor cinco mentes desquiciándose por unos minutos, horas, un día.
Una imagen de pronto te descubre víctima
de una fobia; pero las risas sobreviven,
siguen, aunque tengas asco, miedo o desconcierto en los huesos. No acabas de
entender por más esfuerzos que dediques, por lo que a carcajadas se
destornillan más.
Ríen, ríen de nuevo. Ríen como si el
universo viviera en esa mesa, dueños de ese instante, dueños de sus
escandalosas ideas.


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