domingo, 8 de mayo de 2016

Engranes




Su piel ya no era la misma, se había vuelto tan delgada como papel albanene, su color rozagante y textura tersa que solía tener ni si quiera habían dejado rastro.

Aquel  cabello reluciente color roble que crecía atemporal también había cambiado. Los ojos brillantes y grandes de antes, ahora parecían más pequeños y nublados. Las cejas no tenían ya el mismo arco brioso con aspecto de villana del cuento, su mentón delicadamente marcado ya no tenía la misma definición.


Sus manos eran un manojo de arrugas que contaban la historia de todas las caricias que con el alma le había entregado tantos años a su amado Antonio. Su hermoso cuerpo se había vuelto una envoltura arrugada alrededor de los huesos con algunos recuerdos de turgencia, las piernas no estaban ya torneadas como lo solían estar y sus caderas habían perdido la carnosidad que tanta lujuria despertaban.

La imagen en el espejo de la mujer de cabellos grises que bailaban acompasados a causa de la brisa del mar que se colaba por la ventana, le hizo derramar una eterna lágrima que corrió por todo su anciano cuerpo desnudo. Se meció entonces en un abrazo de recuerdos, donde la imagen predominante era el rostro de su amado Antonio a través del tiempo.


Antonio nunca fue lo que ella esperaba que la vida le diera por amante: nunca tuvo el físico que tanto soñó de adolescente, ni la altura, ni los gustos, ni la ideología...
Pero él era el adecuado para ella; lo supo desde el primer beso, lo confirmó desde la primera vez que hicieron el amor. Se supo en casa al estar entre sus brazos.

Navegaron en sus apasionadas personalidades opuestas pero tan complementarias que había veces que no se soportaban, pero era tan fuerte el amor entre esas dos almas escogidas al azar para estar juntas que se movían cual imán al hierro. Podían estar separados, lo habían hecho muchas veces, pero al final necesitaban la cercanía de ese ser que les despertaba todo, que erizaba todo y les revolcaba en el cielo repleto de estrellas fugaces.

La pasión fue el factor predominante siempre. Antonio recorría el cuerpo de Valeria como si él mismo lo hubiese moldeado, sus manos quedaban perfectas en cada rincón que tocaba y Valeria conocía como hacer que la magia de Antonio emergiera hermosa y sin reservas.
Sus miradas, sus caricias, sus besos, sus sudores, sus gemidos, sus placeres: eran absolutamente uno del otro.

Pero así como se pertenecían, se negaban a esa fuerza magnética. Era tan fuerte que espantaba, un día Valeria huía y  al otro Antonio. Hasta que llegó el día en que irremediablemente se dejaron llevar, dejaron que el destino les trazara los pasos, entonces Valeria le dio su vida al dueño de su corazón y Antonio le dio su corazón sin miramientos a la dueña de su vida. Se amaron sin prejuicios, sin sus barreras mentales, sin orgullo, sin ego, sin control, sin pelear contra sí mismos.


Ella acepto en Antonio al ser frío y distante, egoísta y misterioso. Y él acepto en Valeria a la loca soñadora y distraída, celosa y alocada. Fue en ese instante que encontraron su centro, él sería él amándola y ella sería ella amándolo. El amor les unía tanto como les separaba.

Se amaron durante años en esa casa en la playa, dormían juntos, dormían separados, seguían peleando, seguían amándose tanto como físicamente les era posible, se disfrutaban hasta el más ínfimo detalle, conocían más al otro que a ellos mismos, se besaban y miraban como la primera vez, se reconciliaban con la mejor sesión de amor y cada una superaba a la anterior. Volaban flamas, chispas y zapatos. Y esos dos engranes seguían girando.

Hasta que un mal día, la máquina dejó de girar. Un engrane insospechadamente se detuvo. La máquina se rompió...

Antonio murió.

El corazón de Valeria seguía bombeando sangre, sus órganos seguían haciendo su trabajo, sus ojos seguían abiertos aunque sólo miraban al vacío. Ella ya no estaba más ahí, hasta esa mañana fría en la que se miró al espejo para recordar el ardor que provocaba Antonio en su piel, para recordar el arrítmico latir de su corazón al escuchar la voz de Antonio, para recordar el lunar sexy en la cara de Antonio que le hacía humedecer hasta el alma, para recordar las mareas que le provocaba ese hombre.

Valeria cerró la ventana de su habitación, se puso el camisón, fue a la cocina a preparar el desayuno sin sartén ni huevo que freír. Se cercioró de sellar ventanas y puertas como en espera de un huracán.
Valeria murió: la encontraron días después.


Hoy se puede leer en el mausoleo de ambos: "Donde el amor ardió, donde la magia se hizo real y el amor confirmó su existencia."


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